lunes, 29 de abril de 2013

Capítulo 12: Todo comienza (Parte III)


Beda guiaba, sonriente, a Sadhie por el parque para llegar a casa. Aún les quedaba un largo camino, de hecho, dudaba que llegaran antes de que anocheciera un poco, ¿se preocuparían por ellos?

Estaba tan metido en sus pensamientos que casi resbala por una rampa bastante empinada, por suerte Sadhie le sujetó.

-Gracias-dijo Beda, avergonzado por su casi caída.

-No las des, le podía pasar a cualquiera, más posiblemente a mí, pero a cualquiera-contestó sonriente.

Beda le devolvió la sonrisa, le encantaba Sadhie. Desde esa mañana, había estado muy sonriente, activa, más habladora y divertida. Por supuesto, ese día había hecho que Sadhie cogiera mucho más color en la piel y se le fuera quitando su anterior tono pálido. Su pelo irradiaba felicidad, al igual que su sonrisa. Lo único malo de pasar el día entero fuera era que las mochilas que llevaban empezaban a pesar cada vez más por el cansancio. A pesar de todo, a Beda le daba igual, estaba enseñando a Sadhie todo lo que sabía sobre Alcorcón y ayudándola a mejorar bastante su salud.

 

Max estaba tumbado en el jardín, exactamente en el mismo sitio que el primer día de cada mes, cuando iba a mirar la luna. Ese día no estaba llena, como tampoco lo estaba el primero de mes, para el que quedaba poco, muchas diferencias entre Elimara y España para él. La verdad era que no se acordaba cómo había acabado allí, recordaba haber salido por la mañana de la habitación de Cristel para comer algo y había escuchado la noticia sobre Sadhie. Después había cogido el último zumo de naranja de la nevera y, en vez de ir a la habitación de Cristel, se había ido a su habitación. Desde ese momento no recordaba nada del resto del día, parecía haber salido en ese momento de un estado extraño, en lo que era incapaz de saber qué hacía. Fijó su mirada en las estrellas. Desde allí no se veían muchas, deseaba ir al bosque como cuando era niño, con su madre para verlas brillar que, en esos momentos, superaban la belleza de la luna que, como solía decir él a sus cuatro años, tenía forma de sonrisa. Sus padres solían reírse de ello, les parecía una forma extraña y a la vez bonita y divertida de llamar a la luna. Cerró los ojos e imaginó una de esas noches, con su madre, y se vio a él tumbado sobre la inmensa y fresca hierba, sin parar de sonreír.

“-Hijo-le preguntaba su madre, entonces-¿por qué sonríes tanto? Hemos hecho esto un montón de veces y nunca te he visto así.

-Verás mamá-le contestaba Max, a los cuatro años-hoy papá me ha dicho que cuando alguien te enseña una sonrisa sincera, es muy bonito devolverla, para que la otra persona se sienta alagada.

-Sí, es verdad, pero eso no contesta a mi pregunta.

-Es que mamá, hoy la luna tiene forma de sonrisa, así que se la devuelvo, para que se sienta muy feliz y siga sonriendo.”

Su madre entonces se reía y le daba un gran abrazo y un beso cariñoso, echaba de menos esas noches, esos años de su infancia y echaba de menos Elimara, aunque en su conciencia sabía que nunca podría volver allí. Había huido en medio de la caza de los desalmados, y eso era un grave delito, uno de los más graves que había.

-¿Por qué lloras?-preguntó una voz masculina, detrás de él.

No hay comentarios: