Su marido volvió poco después de la conversación de Garci
y encontró a Marta llorando.
-Cielo, ¿qué te pasa? Eh, eh,
mírame-le dijo, intentando calmarla.
Marta le miró con sus ojos
brillantes por las lágrimas. Se acercó a su oído y dijo simplemente:
-Los Camisas Negras.
Su marido entendió a la primera,
él también añoraba ese grupo e hizo un esfuerzo por retener las lágrimas que
querían salir de sus ojos verdes. Abrazó a su mujer con fuerza, lo que hizo que
su vaso se callera al suelo y derramara su contenido, sin romperse por suerte.
-Se lo diremos si es lo que
quieres, tranquila-dijo Marco mientras consolaba a su mujer-y Tikia volverá a
existir.
-Bueno, me ha costado convencer a
mi madre pero, ahí tenéis unas cuantas pizzas-dijo Eva, muy contenta de haberlo
conseguido.
Todos los alumnos de su clase que
habían asistidos se emocionaron de que por una vez no tuvieran que fingir no
tener hambre para no comer caracoles o cosas extrañas que nunca habían visto ni
oído y que, al verlas te daban ganas de vomitar. Por primera vez podían comer
pizza como adolescentes normales. Había de diferentes clases: barbacoa., jamón
y queso, bacon y queso, hawallana…
Ahora empezaban a ver a Eva con
otros ojos, la veían muy diferente a su madre, cosa que les parecía extraña,
claro que, ellos no sabían lo que Hugo. Todos fijaron sus miradas de
agradecimiento en ella.
-No me miréis así-dijo Eva, con
algo de vergüenza-se van a quedar frías.
Todos tomaron asiento, a pesar de
las pizzas, Eva no había conseguido que su madrastra quitara las ridículas
etiquetas que marcaban donde tenía que sentarse cada uno. Siempre se equivocaba
con los sitios y luego echaba la culpa a su hija por aconsejarla mal, una de
las muchas razones por la que la gente prefería pensar que Eva era igual que La
Chismosa. Había intentado quitarlas más de una vez en toda la tarde, pero
siempre le pillaban.
Esta vez, a Fanny le había tocado
muy separada de Clary y Ángel, por lo que no podían ni si quiera hablar a
distancia. Este año le había tocado al lado de Max, lo que era una suerte en
teoría, ya que, aunque no era ninguno de sus mejores amigos, ni tampoco Hugo,
al menos lo conocía bastante bien como para hablar juntos.
Lo malo es que ninguno sabía que
decir, ambos estaban pensando en sus respectivos problemas, al igual que Hugo,
Dalia, Beda, Clary, Khalil, Igor y Ángel. Eva intentaba entablar una
conversación con Hugo, Max y Fanny, dado que los tenía más cerca que los demás,
pero era inútil, cada uno había aguantado como había podido sus penas hasta ese
mismo momento, donde todos se sumergían en su propia mente, cogían porciones de
distintas pizzas como autómatas y respondían a los comentarios de Eva con
respuestas cortas que dieran por terminada cualquier conversación que Eva
intentara comenzar.
-Vaya, si nos animamos más creo
que conseguiremos llegar al nivel de funeraria-dijo Eva, con un tono algo
sarcástico.
Fanny quería contestarle muy
enfadada por ponerse así cuando todos ellos lo estaban pasando muy mal y
ninguno quería haber ido a esa fiesta, pero ahí estaban, aguantando. Pero algo
en su mente le dijo: “tiene razón, ¿qué narices haces tan depre? A Hugo le
gustas, acabas de descubrir algo mágico con lo que mucha gente sueña. Sí,
tienes tus problemas, pero, es una fiesta y te has prometido antes de entrar
dejar todo lo triste fuera de tu mente por una noche, ¡disfruta de tu descanso!
-Eva tiene razón, es una fiesta,
¿no?, pasémoslo bien-dijo Hugo, adelantándose a Fanny.
Todos sacaron fuerzas de donde
podían y mostraron una sonrisa, dejaron sus problemas atrás e intentaron
divertirse.
-En serio, Asier-dijo Cristel con
una voz algo ronca-estoy bien, quiero ir a la fiesta.
-No, tienes que quedarte aquí
Cristel, lo sabes, podrías desmayarte en medio de la fiesta y no sabríamos como
explicar lo sucedido.
-Pero no es justo que tenga que
retenerte aquí cuando todos están fuera.
-No me retienes, me ofrecí
voluntario.
-Pero…
-Cristel-cortó Asier-no vamos a
ir a la fiesta, ya habrá más, seguro que se las ingenia para que haya otra en
tres semanas-añadió sonriendo, mientras proporcionaba una cariñosa caricia a
Cristel.
-Pero no puedo quedarme tirada en
la cama todo el día.
-Ya lo has hecho.
-Ahí me has pillado-confesó
Cristel-¿te importaría traerme un zumo de naranja?
-¿Otro? Ya te has tomado tres.
-Es que me encantan.
-Vale-dijo Asier en un suspiro-en
seguida vuelvo.
Cristel le enseñó una sonrisa y,
en cuanto Asier cerró la puerta de su cuarto, se destapó, dejando ver que tenía
puesta ropa arreglada. Cada vez que Asier salía de la habitación, Cristel iba
cogiendo una cosa tras otra del armario y se la ponía en un tiempo récord.
Primero había pensado en
escaparse por la ventana, pero sabía que no era capaz de hacer una cosa así, y
luego la consecuencias serían fatales para ella. Así que, al final, había
decidido convencer en el último minuto a Asier, aunque tuviera que arrastrarle
hasta la puerta.
-Cristel, aquí tienes tu…
Asier no pudo continuar. Ver a
Cristel con una sonrisa y perfectamente vestida le había dejado sin habla.
-¿Pero qué estás haciendo
Cristel?
-Vamos a ir a la fiesta, venga.
-Cristel, ya lo hemos hablado y…
Pero no pudo decir nada más,
porque la ágil niña de doce años se había escabullido entre las piernas de
Asier y ahora corría en dirección a la puerta.
Asier dejó el vaso de zumo en una
mesa y empezó a seguir a Cristel intentando convencerla de que parara sin resultados,
no se atrevía a gritarla.
Al final Cristel consiguió salir
a la calle y comenzó a correr mientras Asier gritaba detrás de ella.
-¡Cristel ven aquí!
-¡Ven tú a la fiesta!-replicó
ella, mientras seguía corriendo.
Ambos siguieron corriendo, cada
uno por distintas razones, hasta llegar a la calle donde se celebraba la
fiesta. Por suerte corría un viento fresco así que ninguno había sudado en su
carrera.
Solo unos pasos más para llegar a
casa de Doña Luisa, en nada, Cristel podría llamar al timbre. Pero no lo
consiguió. De repente, se paró en seco, y comenzó a mover los brazos lentamente
hacia sus orejas, pestañeaba muy deprisa, como si fuera una especie de tic
nervioso. Cayó de rodillas al suelo y comenzó a gritar sin poder parar de
hacerlo.
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