jueves, 23 de enero de 2014

Capítulo 1: Los Camisas Negras

AQUÍ COMIENZA LA SEGUNDA PARTE DE LA CIUDAD SIN ALMA: ELIMARA


Se escondieron aún más, sintiéndose aún más inseguros, por si los cazadesalmados los encontraban en su viaje de vuelta. Esperaron hasta que no fueron siquiera un murmullo lejano, y todos salieron de su escondite. Clary se sentía extraña, sin saber muy bien qué hacía allí. Pero no tuvo mucho tiempo de pensarlo, porque ese silencio y esa sensación de alivio que les rodeaba apenas duró un minuto.
-¡¿Cómo se te ha ocurrido cruzar?! ¡Eres idiota Clary! ¡No sabes en el peligro que te has puesto, en el que has puesto a tu familia y en el que nos has puesto! ¡¿No se te ocurrió que esto no te incumbía?! ¡No siempre te tienes que enterar de todo!
Clary intentó aguantar todos aquellos gritos de Ángel, a los que luego se unió Fanny, seguida del regaño sin gritos de Dalia, Max y Khalil. Los adultos también se unieron a ese regaño pasivo mientras Hugo miraba el bosque, ignorando todo aquello, y los más pequeños prestaban atención a aquella escena, algo incómodos. Clary sentía que no tenía salvación, que se ahogaría en esa marea de gritos y miradas de desaprobación, ya ni siquiera distinguía las voces de cada uno, y se veía rodeada de miles de personas, intentando mirarlas a todas a la vez, estaba a punto de caer. Hasta que algo la salvó. Era un pequeño hueco entre toda esa marea de personas que la lanzaba cualquier cosa que pillara en su cabeza, y, en  ese pequeño hueco vio una mirada. No una mirada de desaprobación, ni una mirada burlona, solo una mirada, una mirada que parecía divertirse con esa escena. La mirada de Igor. Él también consiguió localizar a Clary e, intentando apoyarla, le mostró una sonrisa, y algún que otro gesto divertido para puntualizar la locura de los componentes de ese griterío. Eso fue algo que Clary agradeció de verdad, y, al fin teniendo algo a lo que fijar su atención, le devolvió la sonrisa, algo más feliz. En ese momento empezaron una pequeña conversación por gestos de la que, al parecer, nadie se dio cuenta, estaban demasiado ocupados gritando, gritando cosas que para Clary ya eran solo ruido, un ruido como otro cualquiera, un ruido como el de un coche, un ruido al que nadie hace caso.



Tris comenzó a correr, le habían descubierto. Ya le quedaba poco para llegar a La Frontera, si la traspasaba, no tendrían nada que hacer, pues casi había amanecido. Los escritos, al igual que Holl, tenían razón, La Ciudad sin Alma estaba demasiado protegida como para intentarlo, pero no había querido rendirse, él no. Estaba completamente seguro de que, si hubieran ido todos, por lo menos la mitad, lo habrían conseguido, pero Holl prefería no arriesgarse, y, en el fondo, lo entendía. Era demasiado lo que había en juego y, si no lo conseguían, no volverían a salvar a ningún otro. Ya veía el otro lado, corrió más deprisa, pero, cuando llegó, chocó de lleno, la barrera se estaba cerrando. Por suerte, les sacaba algo de ventaja, así que se volvió a poner en marcha. Fue a volverse hacia la derecha, y, gracias a eso, dos guardias lo localizaron y corrieron tras Tris, que ahora iba con un brazo extendido, intentando localizar alguna parte que todavía estuviera abierta. Intentó ir más rápido, cada vez más, y aunque sus fuerzas eran casi nulas, lo consiguió, y al fin encontró un hueco por donde colarse. Pero no se fijó en que, al salir de La Ciudad sin Alma, le esperaba una fuerte caída, por lo que, sorprendido, se golpeó duramente y rodó cuesta abajo, terminando en un charco de barro. Si hubiera sido de noche, no se habría despertado, lo daba por hecho, pero dio gracias a la fuerte y molesta luz del sol, que le obligó a limpiarse el barro de la cara. Se dio la vuelta, dolorido, y comprobó, feliz y magullado, que lo había conseguido.
Se levantó y, a duras penas, comenzó a caminar hacia el bosque, donde se encontraría una gran sorpresa.


Clary se despertó, llena de hierba, por mucho que dijeran, para ella el bosque no era tan bonito como lo pintaban. Sacudió la cabeza para quitarse las hojas del pelo y se limpió un poco la ropa. Todos seguían dormidos, todos menos Igor. Recordaba que esa misma noche, cuando todos se habían cansado de gritarla y habían decidido buscar algo que llevarse a la boca, Clary se quedó con Igor, mientras éste intentaba explicarla todo aquello. Por suerte para todos, Clary asimiló todo bastante bien y no tardó en creerlo. Al parecer, en esos momentos, Igor parecía su único amigo, por lo que se preocupó bastante al no verlo. Miró por todos lados hasta que algo captó su atención: parecía el sonido de un río. Su mente y su boca seca la pidieron con  afán que se guiara por ese sonido.
Corriendo, hizo caso de aquellas peticiones y, después de hacerse arañazos con cientos de ramas en los brazos y en las piernas, llegó a aquel río. Habría llorado de la emoción, si le hubiera quedado algo de agua en el cuerpo, pero llevaba casi un día entero sin llevarse algo de agua a la boca. Por suerte, antes de que bebiera, alguien la advirtió:
-Yo que tú no haría eso, no creo que esa agua sea potable.
Clary se giró y encontró allí a un joven de unos quince años, alto y fuerte. Su pelo era negro, de un negro extraño, y en su cara se podía ver una expresión divertida.
-Gracias, esto…
-Tris.
-Tris-repitió Clary- Un momento… ¿Tris? ¡Yo te conozco! ¡Eres ese chico tan raro del colegio!
-¿Clary?-dijo Tris.
-¡Sí! ¿Tú no te habías mudado a…?
De pronto, Tris tiró de ella con fuerza, escondiéndolos a ambos entre los arbustos.
-¿Se puede saber qué...?-comenzó a decir Clary, antes de que su compañero la mandara callar.
-Cállate un minuto, no puede verme nadie, ¿entiendes?-susurró Tris.
Clary se dio cuenta de que una pareja se acercaba, al principio no los reconoció, pero luego no pudo evitar que una lágrima recorriera su rostro, luego otra, una a una, hasta que ya no pudo contenerse y se echó a llorar en silencio.
-¿Pero se puede saber qué te pasa?-preguntó Tris bruscamente, algo desconcertado.
- Es que conozco a esa pareja que viene por allí-respondió entre lágrimas- ¿Te acuerdas de Fanny y Ángel, no?
-Sí, creía que tardarían más en descubrir que eran de aquí.
- Sí, pues ya ves que no. El caso es que… que yo no pertenezco a esto, aunque no me costó creerlo, difícil no hacerlo teniéndolo todo en las narices. El caso es que no sé por qué hice esto, no sé por qué demonios crucé esa estúpida Brecha, me ha destrozado la vida, y eso que solo ha pasado un día. Con esta estupidez  solo he conseguido que me griten durante horas y perder a mis amigos. Y eso me pasa por hacer lo de siempre, no pensar en el qué pasaría. Antes creía que todo tenía un lado bueno, pero, ahora no lo veo, lo único bueno de esto es que he aprendido a mantener una conversación por gestos.
-Vale, no tengo ni idea de por qué me acabas de contar todo esto, pero, en parte, eres idiota.
-Lo sé-dijo simplemente.
-Vale, sí que estas mal Clarisa.
-¿Por qué lo dices?
-Porque te he llamado idiota y Clarisa, y no me has dado un bofetón.
Ese comentario consiguió que Clary soltara una pequeña risa.
Tris asomó la cabeza por encima de su pequeño escondrijo.
-Bueno, parece que ya se han ido-dijo-Y me da que tanta lágrima habrá agotado el agua que te quedaba en el cuerpo, así que toma.
Se sacó de una mochila que Cristel no había visto una cantimplora y se la dejó encima de sus piernas. Clary se apresuró a abrirla y a dar un buen trago de ella.
-Creía que aquí vivíais como en la Edad Media-dijo, después de devolverle su cantimplora.
-Claro Clary, me has visto en vaqueros y con zapatillas deportivas y estamos en la Edad Media, te recordaba más observadora.
Por ese comentario, a parte de una sonrisa, recibió un pequeño golpe en el brazo.
-Deberías volver con tu grupo, no creo que hayáis venido solo los tres.
-No, pero dudo que alguien me eche de menos, así que tengo tiempo para qué me cuentes qué haces con una camiseta blanca en el bosque y qué narices haces aquí señor… ¿cómo te llamabas en el colegio? ¿Tristán?
-¿Te acuerdas de mi nombre falso?

-Bueno, para mí nunca fue falso, y tengo buena memoria. No me cambies de tema y empieza a contármelo todo.

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