<<Era un paisaje oscuro, siempre nublado, siempre igual. Nunca llovía, nunca nevaba, nunca hacía frío, nunca calor, solo viento, un viento muy fuerte que irrumpía siempre al atardecer, o eso se decía, tal vez solo para calcular el tiempo, ya que nunca se veía el intenso y cálido sol ni la brillante y dulce luna.
Allí, en ese lugar tan misterioso al que su creador ni siquiera había dado nombre, la gente intentaba sobrevivir como podía. Todos estaban pálidos por no recibir la luz del sol, sedientos porque apenas podían conseguir agua, y hambrientos porque nada crecía en ese lugar, solo hierba y árboles que, a falta de saber el paso de las estaciones, no daban ningún fruto. Y sí, he dicho bien, los árboles eran seres inteligentes, solo porque a su creador le daba una enorme satisfacción ver sufrir hasta al más pequeño e insignificante bicho.
El resto del mundo había cortado toda comunicación con ese lugar:
-¡Es la morada del diablo!-decían algunos.
-¡No!, ¡Es demasiado pequeño para ser un país, es una ciudad, una ciudad muerta!-deducía la mayoría.
-¡Ese sitio está maldito para los restos!-gritaban otros.
-Es La Ciudad sin Alma-dijeron los más sabios.
Y, en eso quedó el lugar, La Ciudad sin Alma, condenada para siempre a estar muerta y maldita. Más de un habitante de la ciudad sin alma se había quitado la vida para acabar con su sufrimiento, pero otros decidían seguir viviendo, aunque eso fuera más doloroso para ellos que la muerte…>>
Sonó el timbre y los alumnos recogieron sus cosas, Fanny fue camino a su sitio para coger su almuerzo y bajar al recreo, malhumorada. Nunca la dejaban el tiempo suficiente para terminar de leer sus trabajos de literatura desde que traumatizó a media clase durante 3 meses con el principio de uno de ellos, hacía ya un año, “qué sensibles son algunos”, dijo entonces.
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